siempre. Y digo siempre, le quedó decir que ella fue la musa de encuentro y de olvido.
La musa de retratos en lienzos, y de viejas cartas arrugadas. Siempre fue la musa. Siempre su musa.
Siempre fue la autodestrucción a la misma hora del reloj. Aquel reloj que hacía muecas
cada mañana siempre después del café de las siete. Un siete que le daba tregua.
Tregua. Tregua al verla pasar cada día a la misma hora con ojos llenos de silencio encajado entre las vértebras. Un dolor del bueno. Un dolor del de verdad. Dolor. Así. A secas
y sin más.
(Pero los buenos días siempre son alguien).
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