Eres París en cada una de sus estaciones,
y dueles más, cuando te conviertes en total ausencia.
Cuando estás y no estás al mismo tiempo y yo no sé qué hacer ni dónde meter las horas
que me quedan desencajadas entre la clavícula y el pulmón.
Como el aire de mi cigarro, y las caladas ahogadas.
Y como los versos sueltos que dan tanto vértigo, sí, los que quedan mejor sobre tu espalda. Como tus ojos, que se ven mejor si me los clavas. Muy a dentro.
Y de cómo sin ti Venecia no es Venecia sino un extraño abismo y precipicio jugado a una sola tirada. Es el fantasma que tanto temíamos, amor. Eres y no eres cuando estás y no estás.
Venecia sin ti son cuatro polvos y un adiós por cada aliento.
Venecia sin ti es la decepción de haber soñado tu boca
en madrugadas eternas, ¿verdad?
Es la felicidad más puta que bailaba sobre la cuerda floja y me axfisiaba con sus brazos.
Es la vida más puta que brilla sobre tus pómulos y a la vez tan opaca. Que duele.
Porque me dueles, amor.
Por que sin tus vicios y tus manías no bailaría sobre la cuerda. Ni sobre el borde de tus principios.
Y mis finales.
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